LAS_VOCES_DE_JULIA_INTERIOR_COMPLETO_LUXE - Document to Flipbook
Published on Oct 07, 2026
Description:
UNIVERSO CANELA · EDICIÓN ESPECIAL
Las voces
de Julia
JULIA AVILES
UNIVERSO CANELALAS VOCES DE JULIA
“Mis manos pasaron la vida trabajando, pero
mi corazón siempre estuvo en casa.”
2LAS VOCES DE JULIA
“Escribo estas palabras para los míos, para que cuando
yo falte, sepan cuánto los quise.”
JULIA AVILES
3LAS VOCES DE JULIA
4LAS VOCES DE JULIA
Foreword
Este diario no nació con intención de ser libro. Lo escribí con las manos de
mi madre aún presentes en cada página, tal como ella lo dejó, sin pensar que
un día otros ojos lo leerían. Mi única intención al ordenar estos cuadernos ha
sido una: respetar su verdad.
Mi madre escribió sin saber que estaba dejando un legado. Escribió para
desahogarse, para no olvidar, para sostenerse cuando la vida pesaba
demasiado. En sus palabras no hay artificio, no hay búsqueda de
reconocimiento, solo una necesidad profunda de poner por escrito lo vivido.
He leído estas páginas con el pudor de un hijo que descubre tarde todo lo
que su madre calló. Aquí está la mujer que trabajó sin descanso, la madre que
sostuvo una familia entera, la persona que muchas veces se rompió en silencio
para que a los demás no les faltara nada.
No he añadido nada que no estuviera en sus cuadernos. Solo he ordenado,
limpiado el texto de pequeñas imperfecciones y respetado cada palabra
esencial. Todo lo que aquí se cuenta le pertenece. Yo solo he sido el guardián
de su memoria.
Publicar este diario no es un acto literario. Es un acto de amor. Es la forma
que he encontrado de que su voz no se pierda, de que su vida sencilla tenga el
lugar que merece.
Si alguien encuentra consuelo, aprendizaje o compañía en estas páginas,
sabré que el esfuerzo habrá valido la pena. Porque este libro nace, ante todo,
del respeto de un hijo hacia su madre.
5LAS VOCES DE JULIA
Acknowledgments
Cierro estas páginas sabiendo que ninguna palabra puede abarcar una vida
entera. He intentado, únicamente, no traicionar lo que mi madre fue. No he
embellecido su historia ni la he empobrecido. La he respetado.
Estos poemas y estos textos no nacieron con intención literaria. Nacieron
del cansancio, del silencio, del amor y de la necesidad de seguir adelante. Mi
labor como hijo ha sido escuchar incluso lo que nunca se dijo en voz alta. Mi
labor como editor, apartarme.
He tocado estas páginas con el cuidado con el que se tocan las cosas que
duelen y que importan. No he añadido voz donde ya había una. Solo he
ordenado la suya para que no se perdiera.
Si quien lea este libro encuentra en él consuelo, memoria o
reconocimiento, habrá merecido la pena exponer una intimidad que, en
realidad, pertenece a muchas mujeres. Porque mi madre es una sola, pero su
historia es la de miles.
No cierro este libro con un punto final, sino con un acto de gratitud. A
ella, por la vida. A la vida, por haberme permitido contarla. Y a quien llegue
hasta aquí, por haber leído con respeto.
6LAS VOCES DE JULIA
EL INCENDIO Y LA NIÑA
7LAS VOCES DE JULIA
Nunca he podido olvidar aquel día. Hay recuerdos que el tiempo intenta
borrar, pero que vuelven siempre, como si la memoria los conservara para
recordarnos quiénes fuimos. A veces pienso que la infancia tiene un modo
cruel de grabar ciertos momentos: no con palabras, sino con sensaciones que
se quedan incrustadas en la piel. El olor del humo, el frío en las manos, el
silencio repentino del campo… Todo eso aún lo puedo sentir.
Aquel día el aire tenía un olor extraño, como si la tierra respirara de forma
distinta. No sé explicarlo mejor. Yo era una niña pequeña, apenas consciente
del peligro real, pero ya entonces tenía una intuición viva, una forma natural
de presentir cuando algo estaba mal. Jugaba, sí, pero algo en el ambiente me
decía que prestara atención.
Mi madre había confiado en mí para vigilar los atados y, sobre todo, a la
pequeña. Era una responsabilidad demasiado grande para mis pocos años, pero
así era la vida en el campo: una niña dejaba de ser niña en cuanto podía
sostener algo con las manos. Yo lo aceptaba como algo natural. Mientras la
criatura dormía en la casa, salí un momento para ver a los otros niños. Ellos
jugaban juntos, sin preocupaciones, como si el mundo no pudiera romperse
nunca. En los pueblos bastaba con decir “los niños” y todos entendíamos de
quién se hablaba; éramos una pequeña tribu sin más guía que el sol y los gritos
de las madres.
Me quedé jugando con ellos más de la cuenta. Era la primera vez en todo el
día que me dejaba llevar por un ratito de juego inocente. Recuerdo sus risas, el
polvo en el aire, las casitas hechas con lo que encontrábamos… un pequeño
instante de libertad.
Pero el olor… ese olor a quemado empezó a hacerse más intenso. Al
principio pensé que eran los labradores quemando los rastrojos, algo habitual
en aquellas tierras. Pero había algo distinto, algo demasiado cercano. Una
punzada en el estómago me dijo que algo no estaba bien. No era un
pensamiento exacto, sino un miedo instintivo, como un susurro que te
empuja a correr.
8LAS VOCES DE JULIA
Y corrí.
9LAS VOCES DE JULIA
Cuando crucé el umbral de la casa sentí que el alma se me helaba. La niña
estaba en medio del fuego, atrapada entre las baldosas ardiendo, moviéndose
desesperadamente para escapar. Cada movimiento suyo, sin querer, la hundía
aún más en las llamas. Su llanto —si es que lo había— no lo llegué a oír; el
estruendo de mi propio miedo me lo tapó todo.
Intenté gritar, pero no pude. Era como si algo oscuro —una piedra, un
animal, un nudo— se me hubiera quedado atascado en la garganta. Aquello
me dejó muda, paralizada. Aún hoy recuerdo el sabor a hierro y a ceniza en la
boca.
Quise alcanzarla, quise sacarla de allí, pero en cuanto intenté cogerla, su
carne quemada se quedó pegada entre mis dedos. Tenía la piel negra,
irreconocible, y yo no sabía qué hacer, dónde tocar, cómo salvarla. Su cuerpo
tan pequeño, tan frágil, estaba ya vencido por las llamas.
Desesperada, salí corriendo buscando ayuda. No veía bien, las lágrimas se
mezclaban con el humo. Llegué a casa de una vecina y tiré de su delantal con
todas mis fuerzas, sin palabras, solo un llanto ahogado que lo decía todo. Ella
lo entendió al instante y me siguió, corriendo conmigo.
Cuando llegamos, el fuego ya había consumido demasiado. Mi madre
apareció poco después, con la cara desencajada por el horror. Se acercó a la
niña con una delicadeza que nunca olvidaré. La envolvió en una sábana
blanca, la tomó en brazos y empezó a lavarle las quemaduras una y otra vez,
como si el agua pudiera devolverle la vida. No me dijo nada. Ni un reproche.
Ni un abrazo. Solo un silencio cargado de culpa. Yo sabía que se estaba
culpando a sí misma por habernos dejado solos, por haber confiado en una
niña para cuidar de otra.
Mis hermanos miraban la escena sin saber qué hacer. Yo sentía algo que no
supe nombrar: terror, tristeza, incredulidad… incluso una risa nerviosa que
escapaba sin querer, como reacción al shock. Mi cuerpo temblaba entero. No
sabía dónde poner las manos, los pies, la mirada.
Cuando llegó el médico, fue demasiado tarde. Dijo lo que todos ya
sospechábamos.
Más tarde, cuando mi padre entró por la puerta, el ambiente se tensó de
una forma indescriptible. Era como si una tormenta hubiese entrado en la
casa, oscureciendo todo aún más. Su sombra cayó sobre todos nosotros, y el
destino de aquel día —ya trágico— se oscureció todavía más.
Pero lo que ocurrió entonces pertenece al siguiente capítulo.
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